Se trataba de un hidalgo solitario del Siglo de Oro, lo que hoy sería un friki o simplemente un pelma. Cogió a un chico a su cargo para que le atendiera los asuntos de la casa -sin pagarle nada, por supuesto- y pronto éste vislumbró las manías de su amo, sobre todo en la forma de hablar.
-Señor, vienen a verle.
–Llámame Tikis Mikis, zagal, que para ti ese será mi nombre.
Al verle sentado en un banco pequeño de madera, le indicó el sillón para limpiar la estancia y ofrecerle una manta y unas alpargatas.
–Señor, sentaos en el sillón, que será más cómodo para vos.
–Será el potestate, niño –le corrigió al instante-. Y dame los chirlos mirlos y los tarabitates –dijo indicando manta y zapatillas y dejando al muchacho con la boca abierta.
Había un gato que merodeaba por la casa y el patio. Se lo hizo ver al dueño y éste, al instante, le respondió que se trataba de un “ave que caza las ratas”. El chico se encogía de hombros y aceptaba la forma de hablar.
–Pondré el fuego para cocer la berza –dijo el muchacho.
–Será encender la clarencia –respondió el amo a un chico cada vez más sometido a la palabrería rara de su amo.
Un día vino el tendero a descargar las carnes que el amo había encargado en su tienda. Pagó al comerciante y guardó los chorizos y demás en el arcón. Cuando llegó el amo, se lo hizo saber y éste, al momento, le dijo que había hecho bien en guardar los crisquis crosques.
El chico estaba harto.
En un despiste, una noche el amo dejó encendida una pipa de fumar, se prendió fuego a la casa y el chico tuvo el tiempo justo de salir corriendo.
Al tiempo de cruzar el umbral de la puerta, le dijo a su amo:
Don Tikis Mikis, que estás en el potestate, toma los chirlos mirlos y los tarabitates. El ave que caza las ratas está lleno de clarencia. Si no acudes con clemencia, se le quemará el bigote. Adiós, que me voy con los crisquis crosques.
Y se largó a toda prisa.
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